La historia, metáfora del presente

Diario Tiempo Argentino

51bcb47081afa.jpg?v1.0001-1150En el Galpón de Catalinas (B. Pérez Galdós 93), el grupo fundador del teatro comunitario presenta una versión política de la historia nacional en el siglo XIX. Imperdible.

El Grupo de Teatro Catalinas Sur, iniciador en 1983 de las prácticas y la filosofía del llamado "teatro comunitario", cumple 30 años de trayectoria de la mejor manera posible: en pleno trabajo, en completa vigencia, en "la cresta de la ola" y con un nuevo estreno, Carpa quemada, espectáculo que es imposible ignorar por su potencia expresiva y por su proyección política hacia el futuro.

¿Por qué no se puede soslayar la actividad del Catalinas Sur? ¿Por qué nadie puede dejar de ver Carpa quemada, a su manera una orgánica continuación de Venimos de muy lejos y El Fulgor Argentino? Porque en 1983, bajo la dirección de Adhemar Bianchi –uruguayo exiliado en Buenos Aires–, Catalinas Sur creó otra forma de hacer teatro, el "teatro de vecinos, para los vecinos".

El teatro comunitario se fue desarrollando poco a poco, hasta consolidarse como uno de los grandes aportes de la escena argentina a la cartografía del teatro mundial. Entre las contribuciones originales de nuestro teatro al panorama internacional se cuentan el grotesco criollo, el teatro independiente, la múltiple poética escénica del tango, el "teatro de estados" de Eduardo Pavlovsky y Ricardo Bartís, el "teatro del deseo" del cordobés Paco Giménez, y el teatro comunitario. Es que el teatro argentino no se limita a operar sólo por transculturaciones o apropiaciones de poéticas extranjeras: también inventa nuevas poéticas, otras formas de producción y de habitabilidad existencial.

A partir de la concepción generada por Catalinas Sur, surgieron unos 40 grupos que hoy integran la Red Nacional de Teatro Comunitario, en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires, en las provincias, y también fuera del país: inspirados en las prácticas argentinas, se han formado grupos de teatro comunitario en Italia (Pontelagoscuro, Ferrara), en España (Málaga, Barcelona) y en Uruguay (Montevideo). El teatro comunitario hoy constituye un movimiento equiparable al del teatro independiente hacia 1950.

Según el documento con que se presenta públicamente la Red Nacional de Teatro Comunitario (www.teatrocomunitario.com.ar), este es una práctica fundada en la "voluntad comunitaria de reunirse, organizarse y comunicarse, parte de la idea de que el arte es una práctica que genera transformación social y tiene como fundamento de su hacer, la convicción de que toda persona es esencialmente creativa y que sólo hay que crear el marco y dar la oportunidad para que este aspecto se desarrolle. Una de las facultades más mutiladas en el hombre es su capacidad creadora y el permitir desarrollarla es un auténtico cambio personal, que genera modificaciones en la comunidad a la cual este pertenece."

Carpa quemada, la nueva creación de Catalinas Sur, dirigida por Adhemar Bianchi y Ximena Bianchi, mantiene todos los rasgos singulares del teatro comunitario, e incluye también algunos cambios relevantes. En escena, entre actores, músicos y titiriteros, trabajan unos 70 vecinos. Lo hacen intergeneracionalmente: hay niños, jóvenes, adultos de mediana y de avanzada edad. Cuentan la historia de la Argentina, y en parte también de Uruguay, Brasil, Paraguay, en el siglo XIX, pasando por episodios fundamentales como la resistencia popular en las Invasiones Inglesas, la Revolución de Mayo, el asesinato de Mariano Moreno, la firma del Empréstito Baring, los gobiernos de Rivadavia y de Rosas, el horror de la Guerra del Paraguay, el genocidio de la Conquista del Desierto. Los vecinos eligen contar esa historia desde el Circo del payaso inglés Frank Brown, que en 1910 –en el contexto de los festejos del Centenario– debe trasladarse a la Boca porque su carpa emplazada en el "centro" (en Florida y Córdoba) es quemada impunemente por la violencia, intolerancia y abuso de poder de un grupo de "niños bien". Lidera la construcción de esta mirada histórica nada menos que Rosita de la Plata, la famosa ecuyère que será más tarde la pareja de Brown (Beatriz Seibel le ha dedicado un reciente magnífico libro, que comentamos en estas páginas) y que asume aquí, como personaje-delegado, la explicitación ideológica de la representación. Rosita es la síntesis expresiva de la conciencia popular, indignada tanto por el atentado a la carpa como por los desmanes, las traiciones y los privilegios de los "vencedores", a costa de la mayoría empobrecida y relegada.

Víctima del incendio, la compañía actúa con el vestuario semiquemado o directamente en ropa interior de aquella época. Como es común en el teatro comunitario, se cuenta la historia desde la dimensión subjetiva, interna, entrañable, que esta adquiere en la memoria colectiva. Así, con la ayuda de Eduardo Martiné, el colombiano Orlando Cajamarca y Ricardo Talento, los vecinos fueron dando cuerpo a un imaginario social cargado de sentido político, transparente metáfora de las tensiones políticas del presente de la Argentina, en el siglo XXI. Construir memoria, pensar la historia –afirma el espectáculo– permite dejar de vivir "con el alma chamuscada" y sacarse "el humo de la cabeza". Carpa quemada profundiza así el espíritu esencial del teatro comunitario, tal como lo ha enunciado la especialista Marcela Bidegain: "La comunidad deja de ser mera espectadora pasiva de su destino y comienza a intervenir activamente en él."

Hay que celebrar la mezcla de múltiples recursos, propia del "teatro tosco" –como lo llama Peter Brook en El espacio vacío–, que asume en Carpa quemada una vitalidad sorprendente. Un teatro heterodoxo, liberado de la unidad de estilo, anti académico, con la fuerza de la teatralidad de lo popular, que escapa de los límites espaciales de la caja italiana y se conecta con la fiesta. Un teatro que encuentra en el aire con olor a choripanes, que se expande desde la entrada al Galpón, la mejor convocatoria. Una poética igualmente potente para conmover con el drama y la tragedia, como para hacer reír. Buena parte de esa comicidad se logra a través de los anacronismos –la mezcla de tiempos, pasado y presente–, cuando por ejemplo se reconocen en las tendencias políticas pretéritas claras continuidades en la actualidad. "¡Tocá la marmita!", le ordena a su criada una dama opositora a los revolucionarios. Cualquier semejanza con las "cacerolas" de la oposición actual no es pura coincidencia.

Organicidad, continuidad, coherencia; también cambios. Entre ellos, una mayor presencia de los títeres (de diseño, uso y manipulación excelentes), gran acierto para resolver la dificultad de traer a escena a las figuras históricas. Pero tal vez el mayor cambio esté en la construcción de una lectura política de la historia, más directamente comprometida con los debates del presente inmediato. Es evidente que, para Catalinas Sur, de 1983 a 2013, ha cambiado el mapa político nacional, y el grupo toma partido, asume posición. Felizmente. Catalinas Sur ha dejado de ser –como lo fue– un teatro de resistencia, para convertirse en una potente herramienta al servicio de las transformaciones actuales. «

 

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